Un peligroso virus llamado proteccionismo

Con el acabamiento del verano, ya pensando en septiembre y viendo los últimos rallos de sol reflejados en un Mediterráneo en calma, las sensaciones, así como las conclusiones extraídas, tras los distintos sucesos ocurridos durante este eclipse vacacional son bastante agridulces. Como digo, las sensaciones percibidas van desde el pleno optimismo, derivando hacia el pesimismo absoluto, todo en función del autor que se exprese. Y es que, la economía hace sonar los tambores de recesión mientras que, por otro lado, se visualizan discursos completamente contradictorios.

Los datos, pese a no ser desastrosos, como algunos vaticinaban, si reflejan una clara tendencia subyacente de desaceleración en la economía global. Las previsiones macroeconómicas sufren continuos reajustes a la baja, moderando los ritmos de crecimiento en unas economías que se rompen la cabeza para tratar de paliar la situación con políticas monetarias muy controvertidas. Desde China hasta Estados Unidos, las sensaciones muestran, en un promedio, un pesimismo moderado a la espera de sorpresas que reviertan el contexto presente. Sorpresas que, en el caso de los inversores, provienen de los bancos centrales.

Estados Unidos, pese a contar un desempleo prácticamente residual –considerado dentro de los parámetros de pleno empleo que fija la oficina presupuestaria del gobierno-, pese a las subidas en los salarios y, pese a los máximos históricos de Wall Street, ha sufrido una ralentización en los crecimientos que, pese a haberla previsto por el consenso de analistas, no ha sentado nada bien entre los estadounidenses; que critican al Presidente Trump de ser el culpable del deterioro que sufre la economía norteamericana. La economía más robusta, aquella que no mostraba vulnerabilidad alguna, ya muestra un deterioro y, aunque parezca un sarcasmo, por el mal comportamiento de las exportaciones en el segundo trimestre.

Un deterioro que se agudiza con los temores de la inversión en la curva de rendimientos. Un indicador que ha predicho 6 de las últimas 6 crisis económicas y que genera el pánico en unos inversores que muestran su cautela ante un escenario repleto de incertidumbres y de riesgos que continúan deteriorando el balance global. Riesgos a los que se le suman otros sucesos sorpresa como el inesperado brexit duro que pretende iniciar Boris Johnson, tras contar con el apoyo de la Reina Isabel II en sus peticiones de suspender el parlamento.

El auge separatista en Reino Unido coge cada vez más fuerza y ya hay pocos pensadores y analistas que se plantean una continuidad de Reino Unido dentro de la Unión Europea. Sin embargo, el reto al que se enfrenta Reino Unido ahora es a negociar determinados aspectos relevantes para el país como los acuerdos de comercio y otros temas que paralicen el deterioro que está viviendo la economía británica, así como la divisa en el país. Por las declaraciones de Boris Johnson, el líder británico conservador va a por todas, aunque pagar cualquier coste por esa salida, como el mismo Johnson afirmaba, es un error que no debería cometerse en un escenario tan debilitado como el presente.

Y hablo especialmente sobre Reino Unido y Estados Unidos por la sencilla razón de que ambos países son los que están ocupando la agenda político/económica a nivel global. La economía, en su conjunto global, muestra un comportamiento más moderado de lo esperado, donde, de vez en cuando, trata de alarmar a los países, con indicadores, sobre una situación que debería preocuparnos. El funcionamiento, como decía, no es desastroso. Los crecimientos se muestran bastante más moderados que en años anteriores, pero estables dentro de lo que cabe. Sin embargo, en lo que se está insistiendo continuamente, que no en un aviso de que la economía está en quiebra, es en que no podemos dejar a la deriva el funcionamiento de la economía, esperando que un milagro corrija los fallos estructurales que la misma posee.

El deterioro de la economía global, el funcionamiento de diversas economías en la Unión Europea, la inminente recesión técnica de Alemania, o las previsiones que sitúan el crecimiento de China en un 4,7% para los próximos años son señales de que la economía no está comportándose como debería. Es cierto que estamos al final de un ciclo expansivo y que el nuevo contexto que se presenta muestra la capacidad de vislumbrar un futuro en el que los crecimientos serán más bajos que hasta ahora, donde la política monetaria tendrá un papel más relevante en su uso, a la vez de ser más habitual.

Por otro lado, de la misma forma, también se está instando a determinados gobiernos que corrijan sus tensiones y dejen de poner trabas al crecimiento, como es el caso de la guerra comercial. Las tensiones que mantienen las dos principales economías del mundo siguen sacudiendo a la economía y al escenario internacional. En un contexto donde la escalada proteccionista sigue ganando empuje, el comercio internacional, uno de los mayores agregados al PIB mundial –de acuerdo con el Banco Mundial, el 57% del PIB mundial- sigue perdiendo su dinamismo, moderando sus previsiones para los próximos años.

En una sociedad cada vez más fragmentada, el proteccionismo acecha con acelerar una recesión que sigue asomando por el horizonte. La economía, como dije en uno de mis artículos es como una bicicleta; por mucha inercia que coja, finalmente, si no reanudamos el pedaleo, la bicicleta se va frenando hasta el punto en el que se para por completo, quedándose estática. Esto mismo ocurre con la economía, aunque a la hora de reanudar la marcha, la descoordinación precedida por los intereses individualistas y la falta de consenso para trabajar líneas de acción común, como pudimos ver en la cumbre del G7, siguen impidiendo que la economía “vuelva a echar a andar”.

Feliz fin de semana y espero que hayáis tenido un feliz verano.

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